Mi encuentro con Pedro Meyer

Mi primer acercamiento a Pedro Meyer fue a través de su obra Fotografío para recordar. Después de ese primer encuentro he tenido aproximaciones y distanciamientos con su portal ZonaZero, donde he leído  frecuentemente sus editoriales. Pasaron algunos años y se presentó en Quito la exhibición Herejías, una retrospectiva de su trabajo. Asistí por dos ocasiones a observar su obra, el transitar por los caminos de la fotografía, la exploración en la era digital. La amplitud de temas que ha abordado, el gran formato de impresión y la calidad de la misma me impresionaron.

En ese tiempo, julio del 2010, conocía ya de la importancia que el nombre de Pedro Meyer tenía dentro de la historia de la fotografía. También conocí la relación estrecha que mantuvo con algunos fotógrafos ecuatorianos en la década de los ochenta en el siglo XX. Ciertamente era una figura lejana para conocer personalmente.

El día anterior a mi cumpleaños recibí la llamada de un buen amigo, me propuso realizar un viaje rápido a la provincia de Imbabura. El plan de ruta estaba trazado; saldríamos a las seis de la mañana de Quito, una breve parada en los bizcochos de Cayambe y continuaríamos hasta Otavalo e Ibarra. Me dijo que tendríamos  un par de acompañantes, pero que eso era una sorpresa. En aquellos días siempre andaba a cargar mi cámara y no rehuía a ninguna salida. Llegada la noche, recibí nuevamente la llamada de mi amigo para confirmar y coordinar todo para el día siguiente. Cuando ya estaba todo listo le pregunté acerca de las otras dos personas, la respuesta fue muy puntual, Pedro Meyer y su pareja. Cuando escuché ese nombre tuve serias dudas sobre llevar mi cámara, era como ir con mi bajo eléctrico a un encuentro con Jaco Pastorious. Al final decidí llevarla, para ver que pasaba.

Esta semana, revisando mi archivo fotográfico, encontré las fotografías que realicé durante ese corto viaje y pensé nuevamente en aquella primera obra que vi de Pedro Meyer. En efecto la fotografía te obliga a recordar no solo el fragmento de realidad recortada, hace referencia a todo lo que rodeaba esa escena y mucho mas. Recuerdo el primer apretón de manos, la calidez de la despedida. La generosidad y amabilidad  en el trato con mi hija; pero también recuerdo su atención a las personas, las cosas y los paisajes. Su silencio al momento de disparar.

Han pasado cinco años desde ese día. Mi hija que nos acompañó tiene hoy diez años y yo fui dejando de lado la costumbre de salir en todo momento con la cámara, trato de disparar muy poco en relación a cómo lo hacía antes. Fotografío menos porque quiero recordar muy pocas cosas.